sábado, 24 de noviembre de 2018

Lluvia


La persistencia y el fragor del agua en el tejado de hierro llegaban a crear en cualquiera un deseo de gritar, de huir, de taparse ojos y oídos para no contemplar más aquella cortina gris, monótona, asfixiante.”
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En Pago-Pago, una isla del océano Pacífico, y a consecuencia de una epidemia, unos viajeros deberán esperar durante al menos dos semanas bajo unas lluvias torrenciales para continuar su ruta. En el alojamiento que encuentran se desarrollará el drama en torno al cual gira esta historia.
Frente a la perspectiva de quince días atascados en la isla los viajeros intentan continuar con sus costumbres lo que ocasiona un duro enfrentamiento entre el misionero Alfred Davison y Sadie Thompson, una mujer alegre y extrovertida.
El misionero, quien está convencido de realizar una ineludible labor de redención, presiona a la señorita Thompson, a quien considera un alma perdida, para que altere drásticamente su comportamiento y además regrese a los Estados Unidos. Ella apela su decisión pero nada conmueve a Davison que está decidido a “salvarla”. Su esposa y un matrimonio que se aloja en el mismo lugar asisten al cambio paulatino de la mujer y a los efectos debilitadores que los esfuerzos del misionero ejercen sobre su propio ánimo.
El forcejeo de voluntades parece inclinar la balanza hacia la férrea posición del misionero Davison; sin embargo hasta el último momento el lector no podrá comprender los matices de un desenlace que aunque inesperado no lo sorprende.
William Somerset Maugham en Lluvia, publicada en 1921, no necesita más que de unas cuantas páginas para desarrollar un tema tan viejo como la humanidad.

viernes, 16 de noviembre de 2018

La conjura de los necios

“Yo, personalmente, protestaría con todas mis fuerzas si sospechase que alguien intentaba auparme a la clase media. Lucharía contra el individuo descarriado que intentase auparme, desde luego. La lucha tomaría la forma de manifestaciones de protesta con los carteles y pancartas tradicionales, que, en este caso, dirían: «Muera la clase media», «Abajo la clase media». No me importaría tampoco lanzar uno o dos cócteles molotov. Además, evitaría meticulosamente sentarme junto a miembros de la clase media en restaurantes y en transportes públicos, manteniendo incólumes la honradez y la grandeza intrínsecas de mi ser.”
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Con la publicación póstuma de La conjura de los necios en 1980 aparece uno de los personajes literarios más polémicos del siglo XX: Ignatius J. Reilly, un hombre que cuestiona con dureza la realidad que lo rodea y que está comprometido en una cruzada personal (contra casi todo), respaldada en un pensamiento político y filosófico inspirado en autores latinos y medievales que plasma sin un método específico en los rimeros de cuadernos Gran Jefe desperdigados por su habitación o en la furibunda correspondencia que mantiene con Myrna Minkoff, una anarquista de ideas opuestas a las suyas.
A consecuencia de un pequeño accidente automovilístico Ignatius deberá abandonar el mundo seguro donde vive con su madre y entrar a formar parte de un mercado laboral que critica. Pero este giró de la fortuna, como lo llama él aplicando las teorías de Boecio su autor de cabecera, es visto por el protagonista como la oportunidad de poner en práctica sus ideas: organizar un partido político, promover reivindicaciones sociales en una fábrica y hasta planear el “rescate” de una mujer de las garras de la pornografía; proyectos que chocan de una u otra manera con los intereses de los involucrados que siempre están en desacuerdo con los suyos o que en todo caso no logran comprender el alcance de sus propuestas.
La ciudad de New Orleans de los años 50 y en especial el barrio francés conforman el universo donde se desarrollan las aparentemente absurdas andanzas de Ignatius y donde cada uno de los demás personajes juega un papel fundamental en el gran panorama social que pinta John Kennedy Toole en esta novela, a la que no sin razón se le otorgó el premio Pulitzer en 1981.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Tierras de cristal

“…lo que hay de bello en la vida es siempre un secreto (…) las cosas que se saben son las cosas normales, o las cosas desagradables, pero después están los secretos, y es allí donde va a esconderse la felicidad…”
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En “Tierras de cristal” la novela de Alessandro Baricco publicada en 1991 todos los caminos conducen a Quinnipak, una ciudad inexistente, donde todos sus habitantes son excepcionales.
En el industrial Dann Rail que “soñaba con trenes y sabía dónde estaba el infinito”; productor de cristal de lujo y viajero incansable, se resume el espíritu de una época trastornada por los cambios que trajeron consigo los ferrocarriles, cuestionando la concepción que se tenía del tiempo y el espacio. Su esposa Jun espera a que después de cada partida del señor Rail llegue una caja, siempre distinta, cuyo contenido le anuncie su regreso, pero también espera el momento de su propia partida para completar una misión que posterga continuamente.
Además de ellos que son el eje de la vida social en la ciudad están entre otros: Pekisch el músico-inventor que cada semana ensaya la música que interpreta el humanófono, instrumento complejo que quizá sólo la gente de este lugar sea capaz de entender y disfrutar; la viuda Abbeg que compone su vida con arreglo a un pasado matrimonial inexistente; O Pehnt, el chico que apunta diariamente en su cuadernillo ideas y conocimientos necesarios para la vida. Sin olvidar por supuesto al arquitecto Hector Horeau cuya aparentemente absurda idea de un palacio de cristal se materializará gracias a otras manos.
Esta novela toma el pulso a un momento de la humanidad donde los adelantos de la revolución industrial determinaron cambios drásticos en todos los órdenes de la vida. Es una obra cuyos personajes, a pesar de su complejidad, no son la columna vertebral de la novela; ésta la componen las reflexiones y descripciones del autor que, con una prosa compleja y barroca por momentos, arman una trama donde se entremezclan indistintamente las peculiares historias de sus protagonistas.

viernes, 2 de noviembre de 2018

La huella de un beso

“Cuando se está enamorado, no se le cuentan al otro historias graciosas, sino historias que les ofrezcan a ambos la oportunidad de vivir el enamoramiento sin tener que estar callados.”
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Daniel Glattauer publicó en el año 2000 la novela “La huella de un beso” donde cuenta la historia de Max y Katrin. Max es un hombre de 34 años que arrastra un terrible trauma desde la infancia, mientras que Katrin es una mujer de casi treinta cuya vida amorosa es prácticamente inexistente.
La novela que se desarrolla en diciembre, inicia con los planes de Max de hacer un viaje de vacaciones a un lugar cálido. Para poder hacerlo tendrá que encontrarle un hogar temporal a Kurt su perro, un braco alemán de pelo duro, cuyo único interés en la vida es dormir debajo de un sillón. Max pone un aviso en el periódico y será Katrin la persona aparentemente más idónea para cuidar de Kurt durante ese tiempo.
La relación entre Katrin y Max que en un comienzo es estrictamente comercial poco a poco se vuelve más íntima. El problema está en el trauma que arrastra Max y que no se atreve a mencionar pues las veces que lo ha hecho las consecuencias han sido catastróficas. Katrin que no sabe nada y que a su vez arrastra con otro trauma, la presión obsesiva de sus padres para que se case, malinterpreta el comportamiento errático de Max.
Kurt por otro lado tomará  parte activa (paradójicamente) en los derroteros que tome la relación entre estos dos adultos que se dejarán llevar por la atracción mutua, aunque ya estén acostumbrados a los fracasos sentimentales.
Esta novela de corte humorístico se interna por los desencuentros que se dan en las relaciones que establecen las personas y pone el énfasis en esas circunstancias que marcan la vida de los demás y que si se conocieran permitirían entenderlos más fácilmente.